Dioscórides: el libro de plantas medicinales que sobrevivió 2.000 años

Retrato de Pedanio Dioscórides, ilustración de «Vrais portraits et vies des hommes illustres» de Thevet
(París, 1584), pág. 92.

Imagínate que vives en el siglo I d. C. y formas parte del ejército romano. Imagina, además, que tienes conocimientos médicos útiles para la soldadesca y algo de tiempo libre para recoger y anotar cuantas plantas medicinales se te crucen por el camino. ¿Lo has conseguido? Si es así, bravo: te has acercado al joven Dioscórides. Él todavía no lo sabía, pero estaba dando los primeros pasos de lo que acabaría siendo uno de los bestsellers del mundo antiguo y medieval.

Porque Dioscórides, Pedanio Dioscórides Anazarbeo (médico, farmacéutico y botánico griego), describió unas 600 plantas medicinales, su aspecto botánico y su uso terapéutico, convirtiéndose así en una referencia imprescindible para los boticarios durante más de 1500 años y en un ídolo para los futuros botánicos.

Todo ello quedó recogido en un libro que tituló “De Materia Médica”. Aunque, eso sí, se lo conoce más comúnmente como “el Dioscórides”

La historia «De materia médica» o «Dioscórides»

De materia medica bizantina, siglo XV.

Lamentablemente, todo lo que nos ha llegado hasta nuestros días de este libro son copias. En su momento, Dioscórides probablemente lo escribió en papiro y, aunque este soporte se ha conservado durante milenios en las tierras secas del antiguo Egipto, no ocurrió lo mismo en la más húmeda Roma mediterránea del siglo I d. C. Si nadie hubiera copiado sus textos, ¡hoy no los tendríamos!

Copiar y recopiar textos era la única manera de producir “libros”: la imprenta aún no se había inventado, de modo que cada ejemplar era una obra única. Y literalmente única, porque solían ser encargos de personas adineradas y las copias se adaptaban al cliente.

A veces se eliminaban plantas demasiado exóticas para no pagar por información que no se iba a utilizar. Ya sabes: a tanto la hora o la página, más vale que el contenido resulte realmente útil para quien no quiere pagar por algo que no le interesa.

En otras ocasiones se añadía información de otros autores, se resumía o se ampliaba. En definitiva, las copias se hacían a destajo y a gusto del consumidor. Por eso, hasta la aparición de la imprenta, no hay dos dioscórides iguales.

Retrato de Anicia Juliana como donante en una copia iluminada del Dioscórides, conservada en Viena. ca. 512.
Anicia Juliana está sentada entre dos personificaciones: la Magnanimidad y la Prudencia.

Uno de los dioscórides más antiguos conservados data del siglo VI. Está escrito sobre pergamino y recibe el nombre de dioscórides de Viena. Fue copiado para uso de la patricia romana Anicia Juliana, hija del brevísimo emperador Anicio Olibrio. Anicia vivió toda su vida en Constantinopla, la capital del antiguo Imperio romano de Oriente, lo que ahora llamamos Imperio bizantino.

No sabemos si los textos conservados en árabe del siglo IX se copiaron a partir de este códice de Viena. Hay que recordar que los originales se escribieron en griego. Aunque Bizancio mantuvo viva la llama del Imperio hasta finales de la Edad Media, su poder político fue menguando con el paso de los años.

El declive progresivo del Imperio romano de Oriente provocó la huida y el refugio de intelectuales en Bagdad; con ellos viajaron también tantas obras como pudieron transportar. Es casi seguro que algún Dioscórides viajó con ellos, pues a partir del siglo IX su influencia en la medicina árabe se hace notar y nos ha llegado un hermoso códice ilustrado de esa época, traducido al árabe.

Codex medicus Graecus 1 de la Biblioteca Nacional de Austria, Graz: Academic Printing and Publishing House (Lo más destacado del arte del libro) Volumen 2 

Así, el dioscórides, con toda su valiosa información botánica y medicinal, se difundió por gran parte del mundo musulmán medieval y formó parte del estudio de reconocidos sabios de la época. Pero la historia no termina ahí: mientras en el Mediterráneo oriental triunfaba el dioscórides llegado a Bagdad, en el Mediterráneo occidental apareció otro manuscrito que dio mucho que hablar: el dioscórides de Abderramán III.

Por esos avatares de la historia, un dioscórides escrito en griego llegó a la península ibérica. Fue un regalo del emperador bizantino Constantino a Abderramán III, califa de Córdoba. Y no solo llegó el dioscórides: tres años más tarde envió a un monje llamado Nicolás para ayudar en la traducción del griego al árabe. Lamentablemente, la copia en griego no se ha conservado.

Un tercer dioscórides también tuvo su lugar en el mundo medieval y contribuyó a la amplia difusión de estos textos: el llamado dioscórides de Nápoles. Aunque es de menor calidad y contiene algunos errores, destaca por sus grandes dibujos, que ocupan la mitad de la página. Y es que, en efecto, todos estos dioscórides incluían imágenes para ilustrar las plantas descritas. Aunque hoy nos parezcan dibujos poco fieles a la realidad, en su época servían para identificar, de alguna manera, las plantas mencionadas en los textos.

Mandrágora (griego: ΜΑΝΔΡΑΓΟΡΑ, en mayúsculas). Folio 90 del Dioscurides de Nápoles, un manuscrito del siglo VII de Dioscurides De Materia Medica (Nápoles, Biblioteca Nazionale, Cod. Gr. 1).

La importancia del Dioscórides

El dioscórides no solo anticipa los futuros libros sobre plantas medicinales, sino también las ilustraciones botánicas. Durante toda la Edad Media fue el libro de cabecera de médicos y boticarios, y su autoridad era reconocida tanto por cristianos como por musulmanes. Nadie desconocía su existencia, lo que facilitó la realización de numerosas copias manuscritas y resúmenes.

Con la llegada de la imprenta, el dioscórides se publicó con éxito por toda Europa. La mayoría de estas ediciones estaban en latín, lengua franca universitaria, pero también hubo traducciones a lenguas vernáculas.

En la península ibérica, Andrés Laguna lo tradujo al castellano, enriqueciéndolo con aportaciones adicionales y duplicando así su extensión. Se trata de una obra magna que se mantuvo vigente hasta que, en 1962, Pius Font i Quer publicó su Dioscórides renovado, libro que viene editándose continuamente desde entonces.

Los remedios recogidos en el dioscórides han inspirado a infinidad de boticarios, médicos, farmacéuticos y otras personas, y quién sabe a cuántas han librado de padecimientos.

La ciencia actual se sorprende de la efectividad de algunos de esos remedios, confirmando su utilidad. Los antiguos ya lo sabían: de no ser así, la obra no habría superado el filtro de las copias, las traducciones y el paso del tiempo.

Hace casi 2000 años, alguien decidió poner por escrito todos los conocimientos que iba recopilando sobre las plantas y sus propiedades medicinales. Quién iba a pensar que, todavía hoy, en pleno siglo XXI, ese libro seguiría siendo un bestseller incombustible.

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